La tormenta financiera que atraviesa las naciones europeas obliga a constatar a todos aquellos que pretenden entender el mundo: individuos, empresas, estados, comunidades, colectivos regionales, todos, que somos esclavos de nuestras deudas.
El verdadero poder ya no se halla entre las manos de los hombres políticos, ni en las de los capitanes de industrias, y aún menos entre las de los asalariados. Todos, sin excepción dependemos de los bancos que nos tienen a su merced y atragantados al prestar sumas monstruosas a los estados a los organismos financieros volviendo dependientes la totalidad de las estructuras económicas del país. A una familia, se le informa « relativamente » cuando solicita un préstamo (a pesar de que cuando vemos la tasa de sobreendeudamiento…) y en teoría, no puede gastar más de lo que posee, los estados en cambio se lanzaron en gastos desenfrenados sin que nadie (¿) les advirtiera sobre el riesgo de quiebra a más o menos largo plazo. Así, tres años atrás, el estado francés autorizó que ciertas entidades financieras sacaran a flote sus finanzas (BNP, Société Générale…) para… ¿exactamente para qué? ¿Sólo para redimir une moralidad? ¿Para poder obtener un consentimiento ulterior para otros préstamos a un 7%? ¿Para ahondar aún más el abismo?
Si examinamos con atención las medidas adoptadas por diferentes gobiernos europeos con objeto de reducir sus respectivas deudas, la observación es reveladora: el miedo dirige las decisiones, el riesgo devora la voluntad. De la misma manera que en gestión de crisis riesgo y oportunidad se conjugan. Cuando se presenta al alcance de la mano una verdadera posibilidad de generar crecimiento disminuyendo por ejemplo el impuesto sobre las sociedades o sea las fuerzas efectivas de nuestra economía, será una vez más a los ciudadanos europeos a quienes se aumentarán los tributos. Cuando habría que liberalizar el empleo, surgen nuevas amenazas relativas a la jornada laboral de los asalariados….
En resumidas cuentas cabe constatar la falta de imaginación y ¿quién se atreverá a yugular la crisis, a anunciar un alza general de salarios? ¿Quién se atreverá a congelar la subida sistemática de los alquileres?
Como en las empresas que se enfrentan a una crisis, el automatismo de los estados es la crispación. Asimismo, la agenda política de los países europeos, la voluntad de poder, perjudican considerablemente la serenidad. Todos, deberíamos volcarnos, hacia nuestros gobernantes .para que nos ayudaran a recobrar esperanza y tenacidad. Sin embargo, nos encontramos en presencia de tomas de decisión que constituyen más bien frenos y políticas blandas y orientadas hacaia la misma dirección. El movimiento de los indignados, y sin que nos quepa duda alguna, continuará extendiéndose. Querer romper las cadenas es sano .








